Siete mil años mirando la hora: la historia del reloj

Las civilizaciones miden el paso del tiempo desde mucho antes de la invención del reloj. El primer método para hacerlo fue utilizando la sombra proyectada por un palo clavado en el suelo. Esa sombra se iba desplazando a lo largo del día y, de esa forma, podían calcular el paso del tiempo. Luego, aproximadamente hacia el 3.500 a.C. los obeliscos egipcios funcionaron bajo el mismo principio y la posición de su sombra indicaba las horas del día a quien supiera interpretarla. El principal problema de estos sistemas fue su dependencia de la luz del sol, lo que los hacía inútiles de noche o en días nublados. Una limitación que, con el tiempo, impulsó la innovación relojera.

 

El agua, la arena y el fuego como medida del tiempo

La clepsidra, o reloj de agua, fue el siguiente paso. Como recoge Wikipedia en su recopilación sobre la historia de la relojería, estos dispositivos medían el tiempo mediante el goteo controlado de agua de un recipiente a otro, con marcas que indicaban el tiempo transcurrido. Los griegos los llamaban literalmente «el ladrón de agua» y los usaban para controlar la duración de los alegatos en los tribunales.

Después llegó el reloj de arena, más portátil y sencillo, aunque solo útil para intervalos cortos. A partir del siglo XV lo usaban los sacerdotes para medir sus sermones, los cocineros para sus recetas y los marineros para calcular la velocidad de sus barcos. Sin embargo, estos sistemas compartían la misma debilidad, ya que su precisión dependía de diferentes situaciones externas, como las condiciones atmosféricas, la temperatura del agua o la humedad del ambiente.

 

El reloj mecánico y la nueva concepción del tiempo

La llegada del reloj mecánico, en torno al siglo XIV, no fue solo un avance tecnológico sino un cambio cultural profundo. Como señala el reportaje de Muy Interesante sobre el primer reloj preciso de la historia, los relojes mecánicos fueron creados originalmente para golpear una campana y no para mostrar agujas. Fueron los monjes quienes impulsaron este desarrollo, ya que necesitaban saber con exactitud las horas señaladas para sus plegarias. Así, para el siglo XIV comenzaron a construirse relojes en las torres de iglesias de toda Europa y, poco a poco, las horas del reloj comenzaron a sustituir a las horas naturales del día.

El gran salto en la precisión mecánica lo dio el holandés Christiaan Huygens en 1675, cuando inventó “el muelle de espiral”. Este sistema permitió reducir el tamaño de los mecanismos e introdujo la posibilidad de fabricar los primeros relojes de bolsillo. Durante los siglos XVII y XVIII, la relojería suiza y la inglesa compitieron por fabricar los instrumentos más exactos del mundo. Esta competencia era impulsada por la necesidad de determinar la longitud geográfica en alta mar. La solución llegó de la mano de John Harrison, un carpintero inglés sin estudios formales que construyó un cronómetro capaz de mantener la hora con una desviación de apenas cinco segundos tras un viaje trasatlántico de 81 días.

 

El reloj de pulsera: de la muñeca del soldado al icono de moda

Durante mucho tiempo, el reloj portátil fue un objeto de bolsillo. No fue hasta la Primera Guerra Mundial cuando comenzó con la transición al reloj de muñeca. Este cambio se debió a la necesidad de los oficiales de consultar la hora sin soltar los controles ni las armas. Al acabar el conflicto, los soldados volvieron a casa con el reloj en la muñeca y el hábito ya no se abandonó.

También a comienzos del siglo XX, Louis Cartier diseñó, para el aviador Alberto Santos-Dumont, uno de los primeros relojes de pulsera modernos. Esto impulsó el reloj como objeto de moda y no únicamente como instrumento de medida.

 

La revolución del cuarzo y la respuesta japonesa

El siguiente punto de inflexión llegó en 1969, cuando Seiko lanzó el primer reloj de cuarzo de producción comercial. La tecnología era más precisa y más barata que cualquier mecanismo anterior, lo que desencadenó la crisis del cuarzo. En menos de una década, la industria relojera suiza perdió más de la mitad de sus empleos. La producción en masa de relojes de cuarzo de bajo coste tuvo un impacto devastador en las casas relojeras europeas, que tardaron años en encontrar su respuesta, apostando finalmente por el reloj mecánico como objeto de lujo y artesanía.

En ese nuevo panorama dominado por el cuarzo, Casio encontró su lugar con una propuesta diferente. Fundada en Japón en 1946, lanzó en 1974 su primer reloj de pulsera digital y desde entonces ha construido una de las trayectorias más reconocibles del sector, combinando tecnología accesible con diseños que han atravesado décadas sin perder vigencia. Según recogen desde Joyería Lorena, la variedad de la marca abarca desde relojes de acero clásicos hasta digitales deportivos, con modelos para todos los usos y todos los presupuestos.

 

La paradoja del lujo mecánico

La crisis del cuarzo obligó a la relojería tradicional a reinventarse. Como no podían competir en precio con los relojes japoneses, los fabricantes suizos decidieron apostar por el valor de un mecanismo hecho a mano, con cientos de piezas ensambladas por un relojero y visible a través de un cristal trasero. De esta forma, el reloj mecánico dejó de ser un instrumento de medida y se convirtió en un símbolo de la cultura.

En un mundo donde cualquier teléfono da la hora con una precisión indiscutible, los relojes más caros del mercado son deliberadamente imprecisos y deliberadamente analógicos. Ya no se impone desde la función de marcar el tiempo, sino desde la imagen que dan a quien los lleva.

 

Lo que sigue igual después de siete mil años

Los smartwatches miden la frecuencia cardíaca, reciben notificaciones y sincronizan la hora con servidores atómicos. Son, en cierto sentido, el salto más radical en la historia del reloj desde que Huygens inventó el muelle. Pero la pregunta que responden sigue siendo la misma que hacía falta responder cuando alguien clavó un palo en el suelo en el Egipto antiguo. El reloj ha cambiado de forma, de mecanismo y de precio a lo largo de siete mil años, pero su función principal sigue siendo indicar la hora. Todo lo demás es refinamiento

 

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